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El juego y el arte incentivan la inclusión social

      
<p><p>Docentes y estudiantes de la <a href=https://www.unl.edu.ar>Universidad Nacional del Litoral  (UNL)</a> trabajaron con niños y ancianos de los barrios San Lorenzo y Loyola Sur que se enfrentan a la problemática de la exclusión.</p><p>Además de la asistencia alimentaria, los espacios y las instituciones que logran convocar a los vecinos de barrios marginales sirven de punto de partida para satisfacer otro tipo de necesidades como son la expresión artística y lúdica.</p><p>En el caso de los más chicos, el trabajo se focalizó en el Centro de Cuidado Infantil (CCI) Sonrisas donde un grupo de madres cuidadoras del barrio ya trabajaba con personal de la municipalidad.</p><p>Llegamos al CCI para hacer una mirada sobre este trabajo y realizar un aporte para enriquecer la experiencia de juego de los chicos. Luego coordinamos acciones para potenciar lo que ya se venía haciendo, detalló Silvia Rossi, docente de la Escuela Superior de Sanidad (ESS) de la Facultad de Bioquímica y Ciencias Biológicas (FBCB) de la UNL, quien trabajó junto con el músico terapeuta Noemí Pezzone.</p><p>Las acciones incluyeron el análisis ambiental de los espacios de juego y una propuesta de reestructuración. También se llevaron adelante talleres con las madres para la construcción de juguetes con materiales de descarte. En una especie de reciclado. Hicimos, por ejemplo, ladrillitos para construir con cajitas de leche. También muchos cotidiófonos que son productores sonoros con elementos sencillos, detalló Rossi.</p><p><strong>Cosa seria</strong></p><p>El intercambio y la reflexión de los profesionales y las madres permitieron derribar algunos mitos respecto al juego de los chicos. Un ejemplo claro es el del gran juguete, ya que el juego se valoriza como un momento espontáneo. Ocurre cuando el niño lo desea y es lo que acontece, reflexionó.</p><p>La situación del niño pobre y su posibilidad de juego también fue tema de debate. El barrio, con casas con patios y muchas veces intercomunicados habilita un tipo de juego distinto al de un niño urbano, comentó.</p><p>En la ciudad hoy vemos muchos chicos aburridos, que no tienen esa misma capacidad de jugar porque están muy sujetos al estímulo externo. También hay chicos que tienen aversión a la sensación de la arena, por ejemplo, porque se mueven en ámbitos donde está vedada la posibilidad de exploración, agregó.</p><p><strong>También los grandes</strong></p><p>Como define el proyecto, el jugar no es una actividad exclusiva de los niños, sino que hay un componente lúdico y artístico que atraviesa toda la vida. Aún en la vida adulta el juego es poder encontrarse con otro en la risa, la alegría, la fiesta, la reunión. Todos jugamos, afirmó. En este sentido, la experiencia con los adultos mayores del comedor del barrio San Lorenzo consistió en aprovechar un espacio social como es el comedor. En total eran unos 15 ancianos los que asistían al comedor diariamente.</p><p>El grupo extensionista recuperó las historias personales de cada uno de los asistentes de manera de conocer sus gustos en actividades, música y también recordar aquellos momentos festivos que compartieron en el barrio. Había un despliegue de alegría, de energía en el que ellos recuperaban una parte suya. No íbamos a solucionar sus problemas familiares, económicos o de enfermedad, pero el relato compartido en la experiencia, desde nuestra mirada, marca un hito, apuntó.</p><p>Como cierre del trabajo se organizó un festejo, un ambiente para el juego y la diversión que rompió con la rutina de la vida cotidiana. Si perdemos la capacidad de jugar perdemos la capacidad de experimentar sensaciones hermosas, de las más lindas de la vida del hombre, concluyó Rossi.</p>

Docentes y estudiantes de la Universidad Nacional del Litoral  (UNL) trabajaron con niños y ancianos de los barrios San Lorenzo y Loyola Sur que se enfrentan a la problemática de la exclusión.

Además de la asistencia alimentaria, los espacios y las instituciones que logran convocar a los vecinos de barrios marginales sirven de punto de partida para satisfacer otro tipo de necesidades como son la expresión artística y lúdica.

En el caso de los más chicos, el trabajo se focalizó en el Centro de Cuidado Infantil (CCI) Sonrisas donde un grupo de "madres cuidadoras" del barrio ya trabajaba con personal de la municipalidad.

"Llegamos al CCI para hacer una mirada sobre este trabajo y realizar un aporte para enriquecer la experiencia de juego de los chicos. Luego coordinamos acciones para potenciar lo que ya se venía haciendo", detalló Silvia Rossi, docente de la Escuela Superior de Sanidad (ESS) de la Facultad de Bioquímica y Ciencias Biológicas (FBCB) de la UNL, quien trabajó junto con el músico terapeuta Noemí Pezzone.

Las acciones incluyeron el análisis ambiental de los espacios de juego y una propuesta de reestructuración. También se llevaron adelante talleres con las madres para la construcción de juguetes con materiales de descarte. "En una especie de reciclado. Hicimos, por ejemplo, ladrillitos para construir con cajitas de leche. También muchos cotidiófonos que son productores sonoros con elementos sencillos", detalló Rossi.

Cosa seria

El intercambio y la reflexión de los profesionales y las madres permitieron derribar algunos mitos respecto al juego de los chicos. Un ejemplo claro es el del gran juguete, ya que el juego se valoriza como un momento espontáneo. "Ocurre cuando el niño lo desea y es lo que acontece", reflexionó.

La situación del niño pobre y su posibilidad de juego también fue tema de debate. "El barrio, con casas con patios y muchas veces intercomunicados habilita un tipo de juego distinto al de un niño urbano", comentó.

"En la ciudad hoy vemos muchos chicos aburridos, que no tienen esa misma capacidad de jugar porque están muy sujetos al estímulo externo. También hay chicos que tienen aversión a la sensación de la arena, por ejemplo, porque se mueven en ámbitos donde está vedada la posibilidad de exploración", agregó.

También los grandes

Como define el proyecto, el jugar no es una actividad exclusiva de los niños, sino que hay un componente lúdico y artístico que atraviesa toda la vida. "Aún en la vida adulta el juego es poder encontrarse con otro en la risa, la alegría, la fiesta, la reunión. Todos jugamos", afirmó. En este sentido, la experiencia con los adultos mayores del comedor del barrio San Lorenzo consistió en aprovechar un espacio social como es el comedor. En total eran unos 15 ancianos los que asistían al comedor diariamente.

El grupo extensionista recuperó las historias personales de cada uno de los asistentes de manera de conocer sus gustos en actividades, música y también recordar aquellos momentos festivos que compartieron en el barrio. "Había un despliegue de alegría, de energía en el que ellos recuperaban una parte suya. No íbamos a solucionar sus problemas familiares, económicos o de enfermedad, pero el relato compartido en la experiencia, desde nuestra mirada, marca un hito", apuntó.

Como cierre del trabajo se organizó un festejo, un ambiente para el juego y la diversión que rompió con la rutina de la vida cotidiana. "Si perdemos la capacidad de jugar perdemos la capacidad de experimentar sensaciones hermosas, de las más lindas de la vida del hombre", concluyó Rossi.


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